El compromiso literario

COMENTA DETALLAMENTE LA CITA Y COMPARA EL MODO EN QUE Tejas Verdes Y El Beso de La Mujer Araña REPRESENTAN Y AFRONTAN LITERARIAMENTE EL PROBLEMA DE LA VIOLENCIA POLÍTICA.

                Después de haber esperado un cambio revolucionario político y social, América latina sufrió en los años 70 de lo que se llama “Década Negra”. Surgieron golpes de estados seguidos de largos años de dictaduras con el objetivo de parar la expansión del comunismo en varios países como Chile, Argentina, Uruguay,… y muchos más. El contexto de violencia y terror en lo cual se transformaron esas naciones fue un impacto fuerte para la historia, la sociedad, pero también para la cultura. A pesar de una gran represión y censura, aparece una literatura de testimonio como movimiento antiintelectualismo y otra centralizada sobre objetivos más cercanos y concretos que las ideas revolucionarias. En la siguiente cita, Elaine Scarry hace una reflexión que concierne los autores que fueron afectados por las dictaduras: “El dolor extremo destruye el Yo de la persona y su mundo entero (…) Pero el dolor extremo también destruye al personaje: si el contenido del mundo de una persona se desintegra, el contenido de su lenguaje se desintegra también; cuando el Yo se derrumba aquello que podría expresarlo desaparece también”. La expresión de “dolor extremo” se refiere al acto de la tortura, un método frecuente de las dictaduras que sufrieron miles de personas en América Latina. En cuanto a sus efectos, la autora insiste en la destrucción del “Yo de la persona y su mundo entero”, que corresponde al objetivo de los que ejercen humillación y violencia corporal y psicológica. A partir de esa constatación, Scarry plantea la paradoja que se crea en el momento en el cual hay una voluntad de narrar y representar lo quebrado.
A partir de eso, vamos a ver de qué manera se expresó la violencia política de la “década negra” y los problemas que sublevó, en la literatura hispanoamericana, particularmente en Tejas Verdes y El Beso de la Mujer Araña.

Manuel Puig y Hernán Valdés fueron autores perteneciendo a una nación en la cual hubo una dictadura militar, y ambos conocieron el exilio así como la represión muy dura, a diferente nivel. Después de ser privado de sus libertades y el otro llevado a un campo de concentración y torturado, las literaturas suyas posteriores a esas experiencias políticas solo pueden ser forma de protesta.
Primeramente, hay que destacar en las dos novelas la gran influencia del compromiso personal de los autores. Manuel Puig decidió escribir una obra de ficción, El Beso de La Mujer Araña, para denunciar la represión efectuada durante una de las dictaduras militares que conoció Argentina. Con un dialogo casi constante, la obra junta dos personajes muy distintos que tienen en común la privación de sus libertades. Con esa oposición entre un homosexual y un revolucionario, se perfila una reivindicación de los roles de género, reforzado por la presencia abundante de las notas en pie de páginas que constituyen una verdadera tesis sobre la percepción homosexual. El autor usa referencias reales de intelectuales como Freud, Dennis Altman, Kate Millet… que crean un contraste entre la ficción del dialogo y el contenido erudito de las notas; pero que permiten dar a la obra un estilo serio y político. En cuanto a Tejas Verdes, cumple con los rasgos de la literatura de testimonio, respuesta antiintelectualismo escrita por los que reivindicaron su ideología participando activamente en la política y sociedad de América Latina. En la nota preliminar de su obra, Hernán Valdés expone su voluntad de contar su vivido en uno de los numerosos campos de concentraciones de la dictadura de Pinochet en Chile. Bajo la forma de un diario cotidiano, Tejas Verdes dará fe de su experiencia propia con el objetivo “de dar una voz a experiencias”.
Segundamente, para que las novelas de Puig y Valdés puedan ser eficaces como forma de protesta, ambos privilegian recursos que permiten la inserción del lector y el efecto de impacto. Notamos que hay una voluntad de reproducción del realismo en las dos obras y, de una parte, se utiliza un proceso de contextualización. Ambas están estructuradas para seguir una narración cotidiana. En El Beso de la Mujer Araña, hay partes distinguidas con líneas de puntos que corresponden cronológicamente a un cambio de día, en el momento de la historia en la cual los personajes deciden parar la conversación y dormirse: están generalmente acompañadas por despedidas o saludos mutuos como “Hasta mañana”, “¿dormiste bien?”. Respeto a los capítulos (I-II-III…), se pueden asociar a una elipse temporal de varios días, por empezar con el medio de una acción y, al contrario de los puntitos, por crear una ruptura entre los dos momentos:
Chau” – “Cocinas bien”. En cuanto a Tejas Verdes, sigue la forma de un diario íntimo, la marcación cotidiana está muy clara por la indicación de fechas precisas: “24 de Febrero, Domingo”. De otra parte, el material literario da más efecto de verosimilitud, como la elección de Puig de construir su obra casi exclusivamente con los diálogos: así, como hemos visto, son las conversaciones que conducen a la narración, interrumpiéndose cuando los personajes no se hablan. Además, crea una característica propia de Molina y de Valentín, el lenguaje distingue la clase social y el nivel intelectual de cada uno. También permite una espontaneidad, así el texto está lleno de componentes orales“¡¿y a mi qué?!” “¿Uhm?” y refuerza la representación de los sentimientos y estados mentales y físicos de los 2 hombres: “La verdad es que… no sé qué me pasa, Molina, de golpe… tengo un lio en la cabeza.”. A parte de los diálogos, El Beso de la Mujer Araña lleva algunos informes policiales que permiten seguir la narración más allá de las conversaciones en la celda. Así, el lector se puede enterrar de la estrategia del coronel con Molina o de sus actuaciones una vez liberado; pero al utilizar ese género, Puig nos mantiene en el ambiente carcelero y se forma una ambigüedad entre ficción y recuperación de pruebas materiales de la dictadura. En el caso de Tejas Verdes, con el material diario, Valdés utiliza la subjetividad y reconstrucción de la memoria para reforzar el género realista: por ejemplo en la narración hay imprecisiones e incertidumbres “posiblemente el destino sea el cuartel de Investigaciones”.
Con esos elementos de contextualización presentes en las dos novelas, hay una clara voluntad de inserción pero además, de impactar al lector. El punto de vista subjetivo de Tejas Verdes nos permite saber de los acontecimientos desde la percepción del autor y están descritos en relación con sus resentimientos: -“señor, ¿hay posibilidades de que nos interroguen hoy? -no huevon. ‘Tate tranquilo.” De modo que nadie ha sido interrogado. ¿Desde cuándo? (…) ¿Es que debo pasar la noche aquí? Una oleada de desesperación me llena. Como Molina y Valentín, tanta precisión sobre el estado de los personajes crea empatía e identificación hacia ellos. El otro modo es la puesta de relieve de la violencia, y tanto El Beso de la Mujer Araña como Tejas Verdes relatan una experiencia de mayor impacto para los lectores que corresponde al encarcelamiento bajo represión dictatorial.
Hacer literatura de violencia es una forma de protesta y de reivindicación, que busca a impactar sus lectores con el objetivo de denunciar y de revelar, como lo precisa Valdés en el prólogo de 1978: “pretende seguir siendo un instrumento de denuncia permanente de aquella obscena brutalidad –resumida ya con el nombre de dictadura, ya de fascismo–…” De maneras diferentes, Manuel Puig y Hernán Valdés logran ese efecto, y para insistir sobre su voluntad de resistencia politica, fue la coacción del exilio que les empujamos a crear sus obras.

Entre todos los autores que tuvieron esa voluntad de protesta surgen puntos comunes en cuando a los efectos de la violencia de las dictaduras sobre los sobrevivientes. Lo afirma por ejemplo Naomi Klein, a propósito del objetivo de la tortura que es “crear una ruptura violenta entre los prisioneros y su capacidad para entender el mundo que les rodea”. De hecho, la literatura plantea precisamente la tortura como una destrucción del hombre y de su mundo. Según Elaine Scarry, “el dolor extremo también destruye al personaje”, y se aplica en las dos novelas que estudiamos.
Principalmente, las dictaduras militares tuvieron su origen en Estados-Unidos que pretendía parar la amenaza comunista en plena guerra fría. El objetivo del autoritarismo era quebrar la identidad de los sujetos “rebeldes” y sus movimientos colectivos con el fin de hacer desaparecer la oposición política y evitar una revolución. Para eso, se utiliza la tortura que procura un “dolor extremo” según la profesora estadounidense. El calificativo “extremo” implica algo que supera lo racional y sobrepasa lo aguantable.
A nivel físico, las descripciones de Tejas Verdes retransmiten detalladamente los efectos de momentos de tortura desde su percepción interna: “durante fracciones de segundos pierdo la conciencia. Me recobro porque estoy a punto de asfixiarme.”. Desmayarse es un ejemplo de aplicación de “extremo” que impide la suportación física, el cuerpo falla y no puede más ser controlado. También, en el relato de Valdés se destaca la voluntad de los militares en dañar y destrozar el cuerpo hasta el límite, aplicando la violencia bajo cualquier pretexto “¿Te estai haciendo el tonto? Ya, Llévatelo a cantar arriba.”; “Tai mintiendo huevon. Me zarandean, me llueven golpes de todas partes”. Sin embargo, ese tipo de tortura no es el único recurso que sirve para quebrar el físico de un hombre. Las malas condiciones destacadas de las prisiones argentinas y chilenas de los relatos debilitan y dañan el cuerpo. El frio, por ejemplo, es uno de los factores en que el autor de Tejas Verdes está muy confrontado, y que participa mucho al malestar de los personajes: “después de un cierto límite, más allá de las manifestaciones normales y comunes, el frio se expresa puramente como dolor, dolor oxeo, muy interior”. (Primera noche en Tejas Verdes, 14 de febrero.) . Como lo explicita Valdés, el cambio de situación, el miedo y la incertidumbre son una razón suplementaria: “Rechazo absoluto de mi organismo a toda manifestación de confianza”. La precariedad de la comida es otro factor de malestar que provoca indisposiciones del organismo de lo cual se insiste en las dos novelas. En El Beso de la Mujer Araña, Valentín sufre repetidamente del estómago por culpa de la “polenta estilo yeso” carcelera: “es mi organismo, algo me pasa”; “me parece que se me agujerean las tripas”. También en el diario encontramos una gran insistencia sobre las molestias orgánicas de Valdés: “Nada, puros vientos, como si la mierda se hubiera escamoteado en una perfecta maniobra de ilusionismo”; “trato de imaginar que no soy sino mierda, una gran bolsa que debe desalojarse”.
Con esos factores de descomposición del físico, hay repercusiones sobre el ánimo y la fuerza psicológica de las víctimas. Al dolor y a la incomodidad se suma la humillación que debe provocar la pérdida de control de su cuerpo, además reforzada por los actuantes de la tortura. La destrucción física conduce a una destrucción mental que se traduce por una alteración de las humores, como notamos por ejemplo a través de las conversaciones entre Molina y Valentín: “estaba tan contento… y contándote esa película me vino otra vez, la cascarria al alma”. El carácter flor de piel y la debilidad psicológica lleva a una cierta pérdida de sus marcas y de sus valores. Los dos personajes, a las antípodas al principio, viven un cambio en su mundo perdiendo su racionalización primaria: podemos decir que tanto el revolucionario como el homosexual viven una desorientación, sexual, para uno, e ideológica, para el otro. Así, hay una voluntad por parte de Puig de mostrar la quiebra progresiva de sus dos mundos. El otro síntoma psicológico de la violencia en El Beso de La Mujer Araña es la importancia del cinema en las conversaciones de los personajes. Como ellos, el lector se deja transportar por los relatos de Molina, y de hecho la película brasileña de Hector Babenco transcribe muy bien el efecto de contraste entre la celda y las escenas que reproducen las películas, con colores y ambientes completamente distintos. Para los dos prisioneros, aparece como una forma imaginativa para escaparse del ámbito carcelero. En este sentido, la cultura de masa como escapatoria responde a una forma de alienación, los personajes necesitan agarrarse a un mundo imaginativo para no perder la razón: “para mí la película es lo que me importa porque, total mientras estoy acá encerrado no puedo hacer otra cosa que pensar en cosas lindas, para no volverme loco”. En cuanto a Tejas Verdes, la destrucción mental es la consecuencia del “dolor extremo” de la tortura sobre el físico. El efecto psicológico que se destaca es una impresión de alejamiento del propio cuerpo del narrador: en la simulación de fusilamiento, Valdés declara “No siento nada, he perdido toda consciencia de mi cuerpo”, pero más allá, en los momentos de tortura eléctrica, el cuerpo se desolidariza: “Realmente soy –mi cuerpo es– por un simplísimo sistema de reflejos” para aparecer como enemigo: “las costillas son como una reja”. Esa ruptura entre el cuerpo y la mente es un fenómeno que afirmará también otra persona sobreviviente de Chile, Nelly Richard, declarando que “la violencia de la tortura fractura la unidad corporal de la persona”.
En conclusión, que sea la tortura propia o una violencia más disimulada como la de El Beso de la Mujer Araña, se plantea en la literatura como la aplicación concreta de los objetivos que querían cumplir los actuantes de las dictaduras militares. Las dos novelas ponen al segundo plano la voluntad de obtener informaciones y subrayan el efecto destructor del físico y de la mente de las víctimas con el fin de quebrar sus identidades y con ellas, sus reivindicaciones políticas o ideológicas.

Sin embargo, plantear la violencia en el ámbito literario revela dificultades en su representación. Siguiendo las direcciones expuestas arriba, el autor latinoamericano transmite su compromiso político y social en la literatura dando testigo de su experiencia. Pero al mismo tiempo, en el caso de Hernán Valdés, relata su vivido de la tortura que, según lo que analizamos de sus percepciones, conduce a su quiebra total. En eso se crea una paradoja del testimonio que destaca Elaine Scarry: “cuando el Yo se derrumba aquello que podría expresarlo desaparece también.”
Entonces, los límites de representación de la violencia se denotan primeramente con la expresión lingüística propia, que afirma igualmente la profesora: “el contenido de su lenguaje se desintegra también”. Concretamente, en Tejas Verdes encontramos recursos literarios que permiten acercarnos su experiencia, como las metáforas que Valdés utiliza para describir la sensación física de la tortura: “Es como si me cortaran en dos”. Pero ese método expresivo segundario no alcanza al realismo del torturado y dominan más las percepciones interiores del personaje que transcripciones generales.
En ese sentido, el limite lingüístico no permitiendo relatos objetivos, tanto la novela de Manuel Puig como Tejas Verdes recurrieron al punto de vista subjetivo que, como hemos visto, permiten insertar el lector, pero restrinja la narración. El Beso de la Mujer Araña evita las descripciones concentrándose casi integralmente con la forma del dialogo. Para el lector, crea un efecto de confusión en cuanto a las reparticiones de las réplicas y debe recurrir a la deducción para comprender algunos acontecimientos, como la intrusión del informe policial que crea una ruptura con el resto del ambiente de las conversaciones de la celda. En cuanto a la forma de Tejas Verdes, Valdés elige el relato cotidiano para contar en detalle y en continuación su experiencia, pero el resultado se aparenta a una ficción, para que el diario sea coherente y el autor lo afirma en su prólogo: “la escritura, por su propia naturaleza, transformaría la experiencia más directa fatalmente en una especie de ficción”. Esa percepción por parte del lector se debe a las técnicas del novelista de recrear un tiempo de narración simultáneo a los acontecimientos que permitirá, gracias la distancia temporal, establecer una coherencia que no había de tener, como en los momentos de torturas. Sin embargo, la percepción subjetiva sigue dominando el relato de los hechos, limitado entonces por la posición de prisionero de Valdés no informado de su situación y con restricción visual, así como por la memoria: “no hay memoria del dolor”.

Para concluir, Elaine Scarry plantea, en su cita, el compromiso de los autores en la política de su tiempo, mostrando donde el derrumbe del autor se refleja en su obra. La pérdida de identidad y la destrucción del sujeto son constantes tanto en El Beso de la Mujer Araña como en Tejas Verdes. Las consecuencias  psicológicas de tal violencia política se encuentran todavía en la totalidad de los sobrevivientes creados por los dictadores con el objetivo de deshacerse de la amenaza constituida del ascenso comunista.
La cita de Scarry, de otra parte, destaca la paradoja del acto de representar la violencia, que se refleja en el límite expresivo y emocional presente en tejas verdes, debido a su posición subjetiva pe primer plano en los acontecimientos.

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