“Lo que queda por decir es siempre una nube, dos nubes, o largas horas de cielo perfectamente limpio….”

Con “Las babas del diablo” Cortázar nos presenta un texto en el que, a través de extravagantes mecanismos discursivos el lector se encuentra en ese estado de incertidumbre y ambigüedad que podríamos definir como ‘lo fantástico’. Lo fantástico es, por consiguiente, un efecto discursivo más que un efecto creado por la historia narrada; es decir, no es la historia sino la manera en la que se cuenta. Vemos, por lo tanto, como Cortázar se aleja del modelo de fantástico propuesto por ejemplo por Borges; este último opera directamente una deconstrucción de la realidad a través de una serie de paradojas y contradicciones que revelan nuestra incapacidad de comprender el mundo. De hecho, la historia es simple y lineal: nos habla de Michel, fotógrafo y traductor que dando un paseo por una París otoñal se convierte en espectador de un acto de violencia sexual: un chico, una mujer y un hombre que los mira desde su coche. Michel decide sacar una foto, lo que permite al niño de huir, pero molesta a la mujer que le reclama con fuerza el rollo de la cámara. El cuento nos muestra como la obsesión de Michel para esa foto hace que la amplíe y la amplíe hasta que tome la dimensión de la pared y, a través de su meticuloso análisis, reviva la escena una segunda vez. Por lo tanto, no es la historia que nos deja suspendidos en una especie de limbo, sino la voz del narrador que, después de una primera lectura, pondría a dura prueba hasta al más atento de los ‘lectores machos’. De hecho, desde el principio el narrador aclara que “nunca se sabrá cómo hay que contar eso” preparando así al lector a tener cuidado con la forma narrativa. Unas líneas después añade “ya sé que lo más difícil va a ser la manera de contarlo”. El narrador es Michel, nuestro protagonista; no obstante, la historia está narrada bien en primera bien en tercera persona. Es, por lo tanto, el mismo protagonista que nos cuenta la historia desde diferentes puntos de vista: la vida y la muerte. De hecho nos dice “estoy muerto (y vivo, no se trata de engañar a nadie, ya se verá cuando llegue el momento, porque de alguna manera tengo que arrancar y he empezado por esta punta, la de atrás, la del comienzo, que al fin y al cabo es la mejor de las puntas cuando se quiere contar algo)”. Se mezclan de esta manera dos realidades diferentes: la del narrador en primera persona, dominante en el texto, y la del narrador en tercera persona, inserida con asombrosa sencillez en el cuento del narrador. Cuando el narrador empieza a contar lo que pasó “justo un mes atrás”, o sea que “Roberto Michel, franco-chileno, traductor y fotógrafo aficionado a sus horas, salió del número 11 de la rue Monsieur-le-Prince el domingo siete de noviembre del año en curso…”, se podría catalogar como un narrador heterodiegético ya que no está implicado en la historia; es simplemente un yo que habla de un él y su focalización es la típica de un las babas del diablonarrador omnisciente: lo sabe todo. Después de unas pocas líneas, por lo contrario, el mismo narrador nos dice “…nada me impediría dar una vuelta por los muelles del Senar y sacar unas fotos de la Conserjería y la Sainte-Chapelle”, transformándose así en un narrador homodiegético. El narrador en primera persona, supuestamente muerto, interviene muy a menudo en el cuento con comentario sobre las nubes: “yo no veo más que las nubes”; de esta manera crea unas metalepsis evidentes: a través del paréntesis interviene en el mundo narrado, se cruza con otro nivel narrativo: “imaginé los finales posibles (ahora asoma una pequeña nube espumosa, casi sola en el cielo)…”. Todo el cuento se desarrolla a partir de esta dualidad: primera persona-tercera persona. Lo que hace Cortázar es mezclar dos diferentes realidades formando así un cruce y es precisamente en este cruce donde se encuentra lo fantástico. En efecto, el lector nunca sabe con exactitud quien narra la historia, permaneciendo en un estado de total incertitumbre: “va a ser difícil porque nadie sabe bien quién es el que verdaderamente está contando, si soy yo o eso que ha ocurrido, o lo que estoy viendo (nubes, y a veces una paloma) o si sencillamente cuento una verdad que es solamente mi verdad…”. El texto me parece absolutamente abierto a interpretaciones personales; yo, por ejemplo, considero que existe un solo narrador que, narrando cosas de su pasado, intenta alejarse de estas para contarlas de manera objetiva, come si no pertenecieran a su vida actual; sin embargo no consigue separarse completamente de lo que ha vivido, reidentificándose, de esta manera, en su cuento. Para concluir podemos entonces decir que hay que tener cuidado con la dicotomía realidad-ficción típica de Cortázar y entender que es en el cruce de estos dos mundos donde podemos encontrar lo fantástico. De hecho, el contenido de la historia podría ser resumido a través de un puñado de palabras pero la indeterminación, la vacilación que nacen a causa de los mecanismos discursivos crean su riqueza convirtiéndolo en un espectacular cuento vanguardista.

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