CIUDAD DE DIOS

En la película Ciudad de Dios se refleja de un modo muy peculiar la vida de una favela de Brasil. A la hora de la grabación de la película los realizadores tuvieron que pedir permiso para grabar en la favela al jefe de la zona, así obtuvieron la protección necesaria para la grabación. Una de las condiciones que puso dicho jefe fue que los actores tenían que ser personas de allí, de la propia favela, con lo que la película se dota de un mayor realismo.

 

El largometraje narra el proceso de evolución que sufre la favela desde los años sesenta hasta los ochenta. En un principio el barrio era una zona muy precaria que no contaba ni siquiera con asfalto en sus calles. Reinaba la el hurto menor que llevaban a cabo los niños de la zona a todas las personas que pasaban por allí. Robaban a la gente de fuera para luego repartir el dinero entre sus amigos y familiares sumidos en la pobreza, eran una especie de “Robin Hood” modernos que tenían aspiraciones en la vida que pasaban por abandonar una ciudad que no les ofrecía ninguna oportunidad para poder hacer algo de provecho, esta circunstancia no llega a darse nunca.

 

Más tarde, con la llegada de la modernización hasta cierto punto de la favela, los habitantes se organizan en bandas que se dedican a robar indiscriminadamente a todas las personas, ya sean de fuera de la favela o de allí. La ciudad se convierte en un sitio peligroso y más pobre aún, si cabe. Las mayores aspiraciones de los niños de allí son entrar en una de las bandas para poder tener un futuro en la favela, ya desde muy pequeños se dedican a robar todo lo que pueden. Zé Pequeño, uno de los personajes principales, se crea una fama como una de las personas más peligrosas de la zona, no se anda con miramientos ante nadie, consigue siempre lo que quiere y no le temblará el pulso a la hora de disparar a cualquiera que se le interponga, disfruta con la violencia gratuita. Goza de un estatus de hombre respetado y peligroso con el cual todo el mundo quiere estar a buenas con él por miedo a las represalias que este pueda tomar. Se dedica a amedrentar a los niños que actúan por su cuenta para convertirlos en miembros de su banda, así es como recluta a la gente y como organiza su banda. Durante un tiempo hay una paz aparente en la favela, la gente sabe muy bien cómo está repartido el barrio y lo que se puede y no se puede hacer.

 

Esta situación cambia por completo en el momento en que Zé Pequeño se da cuenta de que otros jefes de banda hacen mucho más dinero que él traficando con drogas en lugar de robar. Opta por cambiar su “negocio” al de las drogas; para ello irá eliminando paulatinamente a la competencia para hacerse con el monopolio del tráfico de drogas. Se introduce también en el tráfico de armas, elemento esencial para conseguir el control total de la favela; la policía es quien hace la vista gorda y quien proporciona armas a las distintas bandas. Comienza así una guerra aparentemente interminable por el control de Ciudad de Dios. Todos los días hay tiroteos, muertes, persecuciones, caos… hay un vaivén de personas que se introducen en una u otra banda porque han sufrido indirectamente las consecuencias de la guerra al perder a alguna persona allegada o al perder su negocio, muchas personas buscan venganza contra una de las bandas alistándose en la contraria para tener oportunidad de conseguir un arma y matar a quienes les perjudicaran. La propia guerra pierde su sentido, si es que alguna vez lo tuvo, y se alimenta de las personas inocentes que sufren sus consecuencias. Llega un momento en que la lucha se convierte en un mero control de zonas, la favela se reparte entre las dos bandas principales y cada una puede traficar en su zona, pero no en la del otro.

 

Todo este caos se desenlaza con el encuentro fortuito entre las dos bandas y la policía, desembocando en la muerte de los dos jefes. Uno muerto por el tiroteo entre las bandas y otro, Zé Pequeño, a manos de la policía debido a que se había arruinado y ya no podía seguir sobornando a la benemérita. Cuando esto sucede, los jóvenes que formaban una y otra banda serán los que hereden la favela, empezando desde cero como ya hiciera, por ejemplo, Zé Pequeño. El ciclo se cierra y vuelve a empezar con lo que no se vislumbra un final para el tráfico de drogas ni para la guerra de bandas en Ciudad de Dios.

Pablo Ramón Fernández

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