“Carta a una señorita en París” de Julio Cortázar

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   Entrada de Marta Samper Ferrer en su blog http://cualquierselvadelmundo.wordpress.com/ 

      ¿Cuántos de nosotros hemos sentido miedo alguna vez? ¿Cuántos hemos sentido miedo a lo extraño? Si nos sentimos culpables, ¿por qué lo manifestamos mediante actos e imágenes oscuras o borrosas, casi inverosímiles?

    Tal vez tenemos una imagen equivocada de la realidad, vemos mal ciertas actitudes o comportamientos porque nos han inculcado que son malos o poco deseables ante una sociedad. Pero si nos detenemos y vivimos nuestra realidad como nosotros queremos y no como la sociedad preestablece veríamos cosas que somos incapaces de ver. Tal vez, vomitar conejitos sería algo normal y no ficticio. ¿Qué es real? ¿Qué es producto de nuestra mente?

        La historia que se nos presenta en “Carta a una señorita en París” no es más que la vida de una persona que mezcla la cotidianidad con la fantasía, lo real con lo imaginario. Siguiendo una estructura lineal y manteniendo una cronología lógica, el protagonista escribe una carta desde un apartamento de Buenos Aires (Argentina) a su amiga Andreé, que está en París. El objetivo con que escribe la carta es informar a su amiga de lo que le está sucediendo.

        El protagonista, que no nos revela su nombre, está vomitando conejitos. Este hecho nos hace pensar en el elemento fantástico que Cortázar quiere introducir para crear tensión. Nos traslada a una dimensión totalmente nueva. No es habitual que una persona vomite conejitos así que esto nos hace caer en la inmediata pregunta que remite a una metáfora: ¿vomitar conejitos es como vomitar un sentimiento de culpa?

      Además, podemos pensar que el protagonista puede ser escritor ya que está escribiendo una carta narrando unos hechos a la perfección y que esos animalitos -pequeños y peluditos- pueden ser metafóricamente sus obras. Este paralelismo nos permite darle sentido a por qué no quiere matar a los conejitos: ningún autor puede obviar una obra suya, por muy mala que sea. La habitación donde se están criando esos conejitos, el armario donde duermen de día, la alfombra por la que pasean de noche, la lámpara que los contempla inmóvil ante el paso del tiempo y el ambiente en general que los envuelve, nos transmite la angustia por la que el protagonista está pasando, la culpa, la tensión, lo real, lo irreal, las costumbres de una vida atada al vómito y consiguiente cría a escondidas de unos animalitos indefensos.

       La carta cuenta con un vacío espacial de un día aproximadamente. La escena se traslada de un lugar a otro. Tal vez de un día a otro en que las cosas han cambiado un poco. Después de ese vacío espacial el protagonista cuenta con once conejitos y manifiesta el temor de que puedan ser más.

     También nos describe cómo esas pequeñas criaturas se hacen mayores, les crecen los bigotes y pasan a ser unos conejos absolutamente horribles. Esto podemos aplicarlo a los seres humanos. El paso del tiempo nos corroe, nos transforma en criaturas viejas, arrugadas. El paso de la vida y lo que la vida nos ha hecho vivir nos convierte en seres rebosantes de experiencia.  Es aquí cuando decide que lo mejor que puede hacer es matar a los conejitos y quitarse la vida. Pero el final queda abierto y como tal, sujeto a las varias interpretaciones. ¿Qué hará con sus conejitos? ¿Se quitará la vida? ¿Qué harían ustedes si estuvieran en esta situación? ¿La realidad es tal cual la vemos ahora mismo? ¿Podríamos estar viviendo una realidad sometida bajo el control de alguien? Tal vez vomitar conejitos no sea una idea tan descabellada.

       Finalmente, si extraemos las imágenes importantes de esta carta nos quedamos con dos fundamentales: el trébol y los conejitos. Estas dos imágenes siempre nos suelen llevar a una palabra: la suerte. Pero, ¿para qué necesitamos la suerte? ¿Para vivir?

         ¿Es real vomitar conejitos? ¿Es producto de nuestra imaginación? Juzguen ustedes mismos.

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