El 168

Cuántos kilómetros podrán contar mis ojos y cuántas historias he conocido a través de los labios de otros. Mi vida era un viaje dentro de otro viaje; tenía un principio y un fin en las vivencias de los que compartían mi asiento. Cada parada una nueva historia, una sonrisa, a veces una lágrima, a veces el silencio. Pero nada te dejaba indiferente. Qué lejos quedó aquello. Tantos kilómetros y tantas historias que tejían una sola: la mía.

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“El ómnibus” no es un cuento en el que realidad y fantasía confluyen; sino que hay dos realidades coexistentes. Una realidad cotidiana, predeterminada, estipulada, y una realidad extraordinaria (pero realidad al fin y al cabo) representada por Clara, la protagonista. La primera la encarnan el resto de viajeros categorizados por los ramilletes que portan frente a la niña (y más tarde el joven también) que viaja en autobús sin ninguna flor.            Existen dos planos de realidad, por lo tanto, y las flores son el elemento de cohesión entre uno y otro. Son también un diferenciador de clases sociales (“crisantemos y dalias, el ramo de los pobres”). A los personajes no se les conoce a través de su nombre; se les describe y se apela a ellos en función de sus ramos; solo Clara tiene un nombre propio, solo ella es diferente entre los brotes que inundan el autobús.

Cortázar consigue recrear un ambiente asfixiante, agresivo y grotesto, impregnado de olores e impresiones. Una tentativa de agresión física con tintes fantásticos silenciado por el intenso tráfico y las bocinas; situaciones incómodas, bruscas, violentas que se acentúan por lo reducido del espacio; el sonido de las puertas, el bufido tan propio de la máquina. La sensación de angustia crece junto a un sentimiento de exclusión que, con la aparición del muchacho, cerca a estos jóvenes. Se refleja la impotencia de ambos, el deseo de aferrarse a su propia  identidad: “(…) lo único que sobraba era la idea de bajarse (…)”  Y un intento fallido de escapar de esa realidad cotidiana y mayoritaria, opresora, que se salda con dos ramos de pensamientos y unas manos que ya no volvieron a entrelazarse.

¿Quién no se ha sentido nunca el centro de las miradas por no pertenecer a un grupo o no ser, vestir, pensar, reír, hablar, como se espera de alguien? Y todos hemos caído en la tentación de hundirnos en nuestro asiento, agachar la mirada, perdernos entre esa multitud inquisitoria y hacernos muy pequeños o intentar encajar de la mejor forma posible, pasar desapercibidos para no ser juzgados por ser simplemente uno mismo. “Si por lo menos me hubiera puesto unas violetas en la blusa”…

Un viaje personal e interesante el que te obligas a hacer inevitablemente durante el trayecto entre San Martín y Retiro, sí señor.

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