La virgen de los sicarios, Fernando Vallejo

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La novela La virgen de los sicarios(1994) y la película Ciudad de Dios(2002) son dos relatos descarnados sobre la realidad de las consecuencias del capitalismo neoliberal en América Latina y las nuevas configuraciones urbanas surgidas en las grandes ciudades a partir de los años setenta y ochenta.  Se nos presentan dos maneras de contar un mismo hecho preocupante: la degradación económica y social urbana; la favelización de las urbes.

Cada uno en su género, Fernando Vallejo en la novela y Fernando Meirelles en el largometraje  retratan la sociedad suburbial colombiana y brasileña. La conclusión prácticamente es la misma,  la destrucción, la muerte y ningún aprecio por la vida dominan en las grandes ciudades actuales de esos dos países, es más, solo existe la subsistencia y el presente. El mañana resulta muy lejano en una sociedad tan violenta en la que la muerte puede aparecer en cualquier instante.

Quizás una de las cuestiones más interesantes que se plantea al comparar ambos relatos es reflexionar sobre  el papel del intelectual frente a la sociedad marginal.

En la novela, aparece una autoficción del propio escritor, que en el relato también es un escritor llamado Vallejo de apellido, es homosexual y se enamora de un joven, Alexis, al que conoce en una fiesta una noche. Este chico resulta ser un sicario, del que le enamoran sus ojos verdes y que disfruta matando.

En La virgen de los sicarios el intelectual manifiesta claramente que en la vida todo es corrupción, drogas, marginalidad y que nada se puede hacer para acabar con ello. La postura del intelectual es de un nihilismo desolador. La política nada hace por evitar el drama humano y social, tampoco cree el escritor que haya ningún mecanismo para evitarlo.

Acaba el libro despidiéndose del lector con estas palabras “Y que te vaya bien,/que te pise un carro/o que te estripe un tren”.

En la narración el escritor regresa a Sabaneta, un barrio a las afueras de Medellín, después de haber estado años fuera de allí, compara la ciudad en la que él nació y la actual. Allí se topa con una ciudad dividida en dos partes, la de arriba y la de abajo. La describe así:

“Sabaneta había dejado de ser un pueblo y se había convertido en un barrio más de    Medellín, la ciudad la había alcanzado, se la había tragado; y Colombia, entre tanto, se nos había ido de las manos. Éramos, y de lejos, el país más criminal de la tierra, y Medellín la capital del odio” (Vallejo, 2012:8).

Medellín se ha convertido en una ciudad cruenta, detesta lo que observa. La ciudad se ha modernizado y se ha degradado. Siente nostalgia por el pasado, el presente es duro porque está impregnado de narcotráfico y de violencia. Describe como dos mundos diferentes el del pasado y el del presente.

Mientras lees la novela da la impresión de que el escritor ve la ristra de asesinatos como una enfermedad crónica de la sociedad del momento, así lo relata: “Yo no inventé esta realidad, es ella la que me está inventando a mí. Y así vamos por sus calles los muertos vivos hablando de robos, de atracos, de otros muertos” (Vallejo, 2012:80). Desde su punto de vista, nada puede permitir dar marcha atrás, dado que el estado también está en connivencia con los delincuentes. El intelectual es un observador impotente de la situación, pero es un privilegiado porque tiene un cierto estatus económico, manifiesta su superioridad económica en muchos pasajes “Por razones genéticas el pobre no tiene derecho a reproducirse” (Vallejo, 2012:109) y tiene formación, pero más que implicarse para cambiar la sociedad miserable se le ve muy crítico y pesimista con la ciudad que se encuentra.

Fernando Vallejo escribe esta novela para remover las conciencias de los lectores y  explicar cómo se vive en la mayor parte de ciudades miseria de América Latina. El éxodo rural ha conllevado el hacinamiento en los suburbios urbanos sin que el estado se haya molestado en mejorar las condiciones de vida de sus habitantes. Él pretende que tomemos conciencia sobre el problema “La fugacidad de la vida humana a mí no me inquieta; me inquieta la fugacidad de la muerte: esta prisa que tienen aquí para olvidar. El muerto más importante lo borra el siguiente partido de fútbol” (Vallejo, 2012:40), aunque en el libro, el escritor está preocupado por lo que ve, pero no tiene ningún poder social para hacer nada.

En la película más que figura del intelectual, hay que destacar el papel que sempeña el joven Buscapé, que se convierte en el cronista de la favela Ciudad de Dios. A diferencia del intelectual de la novela, éste no procede de una familia socialmente acomodada, ha nacido en el barrio Ciudad de Dios y no ha podido ir al colegio. Vive rodeado de miseria de la que trata de escapar, le apasiona la fotografía, ve ante sus ojos las imágenes de crueldad de una sociedad inmunda en la que  las decenas de muertos de estos barrios degradados no importan a nadie. Su posición no es distante, ni humilla a las capas más bajas de la sociedad sino que nos sitúa al mismo nivel que esta sociedad y nos instroduce en sus más profundos vericuetos.

Buscapé solo ansía ser feliz y tener un trabajo para sobrevivir hasta el punto que al final de la película decide no publicar las fotos de la relación que había entre Pequeño Ze y la policía porque teme que le maten. En el largometraje nos muestra al pequeño Buscapé que relata la evolución del barrio Ciudad de Dios desde los años sesenta hasta la actualidad. Se hace famoso como fotógrafo de las favelas. Su arma es la fotografía, así puede llamar la atención sobre el problema cuando se publican las fotos.

Ambos intelectuales tienen en común el hecho de haber nacido en dos ciudades de América Latina en la que desde los años sesenta se ha producido un proceso de marginación social y de escalada de violencia que ambos describen y muestran cómo las sociedades se han ido suburbializando.

Estos dos relatos son un preludio de un género narrativo que en la actualidad se ha denominado sicaresca y son un claro ejemplo de que es necesario poner el foco en la violencia que ha surgido al calor del crecimiento urbano y de la pobreza en muchos barrios hiperdegradados de las grandes ciudades latinoamericanas.

Pablo Escobar - Botero

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