Ciudad de Dios y Bolivia

(Publicado por Mégane Prouvoyeur)

Tanto en La ciudad de Dios como en Bolivia los dos realizadores, Fernando Meirelles y Adrían Caetano, ponen en evidencia un ambiente urbano estrecho, foco de la conflictividad social. En efecto, se describe en las dos películas un mundo violento y muy duro en el que los personajes tienen que convivir a pesar de sus ideologías respectivas. La pobreza, la falta de educación, las zonas urbanas que quedan al margen del desarrollo económico, la desesperanza, son tantos elementos que favorecen la violencia de todo tipo, el desprecio por el otro y, por tanto, las tensiones sociales. A través de las dos historias, se pone de relieve la realidad de nuestra sociedad actual (las películas datan de 2001 para Bolivia y 2002 para La ciudad de Dios) y un sistema que excluye a cada vez más gente. Se presentan situaciones conflictivas en las que el enfrentamiento entre las personas está omnipresente, situaciones a través de las que se pinta el carácter regresivo de la sociedad.

Uno de los temas que tienen en común las dos películas es el tema de la desestimación cada vez más grande que subsiste entre los individuos. En La ciudad de Dios, este desaire va a convertirse casi en guerra civil a lo largo de la película, una guerra entre bandas organizadas que hacen abstracción de cualquieras reglas, leyes o concesiones, y que imponen su “autoridad” al conjunto del barrio. En Bolivia, esta incivilidad se traduce mediante la xenofobia y la discriminación. Freddy el personaje principal, que es un inmigrante boliviano, tiene que sufrir constantemente los insultos y las reflexiones incisivas de los asiduos del café donde trabaja. Por el propio hecho de ser boliviano, va a ser maltratado por este grupo de parroquianos que le reprochan, entre otras cosas, robar su trabajo. Además, se sabe que en los albores de los años 2000 Argentina sufre una crisis económica y social sin precedentes y eso acentúa este tipo de actitud recelosa hacia los extranjeros.

Cuando se ve las dos películas, se da la impresión también que esta sociedad no puede salir del esquema en el que se encuentra. En La ciudad de Dios los personajes parecen como arraigados a este lugar, sin posibilidad de proyectar otras expectativas, como si fueran “prisioneros” de este modo de vida, sólo el personaje de Buscapé puede esperar a un futuro diferente, gracias a su talento por la fotografía que le permite salir de la ciudad y conocer a otra gente. Los otros permanecen en este círculo vicioso de violencia que ha generado la pobreza cada vez más creciente. En Bolivia, los personajes también parecen resignados, no tienen soluciones para salir de la crisis económica y existencial que sufren. Tienen una desconfianza del sistema en el que están y eso es lo que va a crear todo este ambiente violento y esta hostilidad hacia los otros. Freddy, que esperaba una calidad de vida mejor que en su país, vive todo lo contrario de lo que se imaginaba. Este trabajo que se presentaba como una oportunidad se revela ser el principio de su caída, se encuentra cada vez más en un callejón sin salida.

Lo que parece evidente también en las dos historias es la banalización de la violencia, el hecho de que la violencia forma parte del cotidiano de los personajes como si fuera algo natural y sin consecuencias. En La ciudad de Dios, el tráfico de armas es una de las actividades principales en la ciudad, todos los conflictos “se resuelven” mediante la violencia y jamás por el diálogo. En Bolivia el asesinato de Freddy no tarda a ser olvidado, al final su colega Rosa come como de costumbre sin dejar transparentarse ninguna emoción, y el patrón vuelve a colocar el cartel solicitando parrillero. Es como si el drama no hubiera existido, la vida sigue su curso y nada va a cambiar.

En este sentido, se puede decir que la vida en las dos películas se concibe como una lucha, una lucha violenta y cruel en la que participan cada uno de los personajes, a su manera. Para Freddy y Rosa, es una lucha para vivir mejor y una lucha contra el racismo, para los otros personajes se trata de una lucha contra el sistema precario en el que están obligados vivir y una lucha contra ellos mismos, contra sus personalidades y sus dificultades, por ejemplo el personaje de El Ono casi nunca tiene dinero para pagar sus consumaciones en el bar y además está drogadicto. Así, se puede decir que estos problemas son el resultado indirecto de las crisis que conocen todos. En la Ciudad de Dios, se trata de una lucha contra la pobreza y la falta de recursos que va a engendrar todo esta trama violenta. Es como si sólo existiera esta ciudad y esta gente, sin nada más alrededor. Todo, la vida como la muerte, depende de lo que ocurre en el barrio y nadie puede intervenir de manera concreta (incluso la policía está corrupta). Lo que está en juego cada día es la vida, se trata de sobrevivir en este contexto, y la única solución parece ser unirse a uno de los bandos para “asegurar” su protección y disfrutar del dinero fácil. En todo caso, las películas muestran un mundo cruel en el que la supervivencia se traduce por la no existencia de reglas, donde todo vale. Se rompe el diálogo social entre los individuos, y crece cada vez más el individualismo y el odio hacia el otro. Se describe una sociedad sin puntos de referencia, recluida sobre sí misma, y eso es lo que impulsa esta violencia y esta conflictividad humana omnipresente.p>

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