Carta a una señorita en París de Julio Cortázar

Publicado por Marie Chaumont en http://evasionliteraria.wordpress.com/

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Carta a una señorita en París de Julio Cortázar es una carta que escribe un hombre a Andrée. Este hombre vive en el piso de Andrée, que se encuentra en la calle Suipacha, Buenos Aires, mientras la estancia de ésta en París y vomita a unos conejos que destrozan el dicho piso.

Obviamente el hecho raro, el hecho que sorprende es que el protagonista, o sea el autor de la carta, vomite a pequeños conejos ! Pero eso no basta para hacer de este texto un texto fantástico, sólo hace de éste un relato maravilloso. Justo con ese hecho implantado en la realidad, sin cuestionamento por parte del personaje y/o del narrador no se podría hablar de fantástico. Lo que hace lo fantástico aquí es la dificil acceptación por el protagonista de su “enfermedad”. De hecho lo esconde a todo el mundo ! Cuando se les ofrecía los conejitos a la señora Molina la dejaba creer que era un hobby suyo y nunca le explicó el porqué del como tenía tantos conejos. Del mismo modo, en la casa de Andrée, esconde a los conejitos en el armario de su habitación para que Sara, se supone que sea la señora de limpieza, no les vea. Razón por la cual había escondido el primero conejo, él vomitado en el ascensor, en su sobretodo al llegar al piso. Y aún cuando lo dice a Andrée se disculpa, como diciendo lo siento no es culpa mia si soy así de raro… Se nota particularmente bien lo incomodo que es con eso cuando le dice a Andrée : “naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito”.

Para hacer pasar el fantástico Cortázar suele usar más los recursos discursivos que lo verdaderamente sobrenatural y aunque aquí se trata de una historia con elementos claramente sobrenaturales, lo fantástico también pasa por ciertos mecanismos discursivos.

Primero, Cortázar empieza su relato haciendo empezar la carta de su protagonista con una descripción de la casa de Andrée, la destinataria, donde éste va a quedarse un rato. Esa descripción nos revela una vida muy arreglada, muy rutinaria, en la cual todo tiene su sitio específico, lo que crea una atmosfera agobiante. Y el protagonista ya representa un desface notable con este ambiente. Ese primer desface ya instala lo fantástico porque el narrador, con o sin conejitos, no cabe en el medio ambiente descrito. Está tan incomodo que hasta mover una simple taza le parece como modificar el entero cosmos. Y el hecho de que esté en este piso sólo temporalmente añade al efecto de desface, de incongruencia. Si el protagonista no cabe en la rutina de este piso, este piso también va a romper su propia rutina. De hecho, suele vomitar un conejito cada cuatro o cinco semanas, y en unos dias en este piso vomita unos once conejos. Solía vomitar uno, dejarlo crecer en el trebol y darlo a la señora Molina cuando otro conejo llegaba, pero ahora en este piso ya no hay señora Molina ni tampoco ritmo regular… De manera que esas dos rutinas, una más común que otra, se anulan, no consiguen coexistir. Hasta tal punto, que esta muy dificil coexistencia le cambia la noción de noche y día al narrador. Como esconde a los conejos durante el día y les deja salir por la noche, nuestros días vuelven la noche de los conejos, y así también la del narrador, y viceversa. Se lo nota muy bien cuando dice : “Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos.” Ese cambio radical y repentino de modo de vida inquieta hasta a sus amigos.

Otro elemento discursivo que se nota mucho en los textos de Cortázar es la creación de una confusión en la mente del lector entre dos realidades habitualmente bien distinctas. Y si en Axolotl Cortazar había instalado una confusión entre el sujeto y el objeto, o en La noche boca arriba entre la vigilia y el sueño o aún en La continuidad de los Parques entre la realidad y la ficción, aquí no era tan obvio como en esos textos. Pero para mí pudiera ser posible que Cortázar haya querido instalar una confusión entre la vigilia y el sueño. De hecho, nadie más que el autor de la carta ve a esos conejos. Nadie les ve nacer ya que como lo dice él mismo suele estar sólo en estos momentos : “siempre me ha sucedido estando a solas”. Lo hace todo para que Sara no les vea. Y, a pesar del ruido y de los daños que causan todos esos conejitos, ésta nunca se ha enterado de nada. Sin olvidar que sólo les deja salir, y entonces les ve, por la noche, nunca durante el día. Se podrá contestar a esos argumentos que una persona les ha visto, la señora Molina, y eso es verdad ! Pero esta carta se dirige a Andrée que no conoce a esta señora Molina así que se podría muy bien imaginar que esta señora Molina no existe. Sea porque el protagonista la haya inventado o sea porque forme parte del mismo sueño que los conejitos. Puede parecer muy inverosímil, y a lo mejor no es para nada lo que Cortázar quiso hacernos pasar, pero es lo que yo he entendido y al final es de eso que se trata con lo fantástico, de lo inverosímil.

Cortázar es bastante conocido por ser ávido de siniestro, o sea que le gusta colocar una cosa habitual, que pertenece a lo quotidiano, en un papel muy extraño. Y es exactamente lo que hace con los conejos. De hecho, los conejos son animales muy comunes, conocidos y amados por todos pero aquí se transforman en seres muy raros que te pueden salir de la boca.

En cuanto a cuestionar la realidad, fuera de lo más obvio que son los conejos que se vomitan, para mí Cortázar lo hace sobre todo en detalles.

Así, el protagonista vomita conejitos, ¿ porqué no ?, pero aquí hasta la naturaleza asquerosa del acto de vomitar desaparece. Cuando alguién habla de vomitar un conejo la primera imagen que viene en la mente, o por lo menos que me viene en la mente, es un pobre conejo medio ahogado en el ácido del estómago que sale por tu boca en un “splash” repugnante, ¡ o sea una imagen asquerosa ! Pero aquí no, el conejo está todo limpio y vivo, aún está feliz, y como lo dice el narrador : “Todo es veloz e higiénico”. Puede parecer un detalle sin importancia pero a mí me llamó mucho la atención, como siendo otra prueba de que esa historia no sea real, quiero decir ni siquiera en la realidad ficcional de la historia escrita por Cortázar, sino que pertenezca al imaginario onírico del narrador.

De la misma manera, compara este “vomito” con la llegada de un niño para justificar el hecho de no conseguir a matarlos, dice que ve a “sus” conejos con la misma ternura que una madre a su hijo recién nacido, pero esta comparación se queda en la ternura y no va hasta el dolor y lo asqueroso, porque, seamos francos, un parto no es nada “veloz e higiénico”.

Otro detalle que no tiene mucha lógica es ¿ porqué once conejos serían mucho más problemáticos que diez ? De verdad, ¿ a partir de qué momento uno se dice que hay demasiado conejos ? Yo diría mucho antes de diez y ¿ si ya se puede aguantar diez porqué no once ? Hasta su explicación del porqué once es mucho más peor que diez es incomprensible, no tiene ningun sentido. Y están raros estos conejos, ¡ griten ! Hasta al narrador le sorprende este facto, “gritaban como yo no creo que griten los conejos.”

Pero también se cuestiona la realidad en este relato con las propias cuestiones y reflexiones del protagonista. Así, por ejemplo, se cuestiona la realidad simplemente con la esperanza que tiene en que todo eso de los conejitos no sea la verdad. Lo dice claramente cuando escribe : “me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad”. Así que el protagonista quiere poner en dubio la realidad de un hecho que a nosotros, o por lo menos a mí, lector(es) nos (me) parece ya totalmente irreal. Ya estamos casí convencidos de que todo eso es en su mente y ¡ él aspira a creer lo mismo ! Va hasta poner en cuestión el porqué de su carta, el interés de seguir escribiéndola : “para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta”. ¿ Sea que ya no cree en nada ?

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